A veces comemos sin tener hambre real, solo por reducir la ansiedad, el aburrimiento o la tristeza, es lo que se conoce como hambre emocional. Los azúcares y las grasas se relacionan con los circuitos de recompensa del cerebro y por eso suelen ser la comida de elección en momentos en los que la persona se está enfrentando emociones negativas (ansiedad, tristeza, soledad, aburrimiento, ira, culpa…).

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Diferencia entre hambre y apetito, y su relación con el hambre emocional

El hambre y el apetito son dos cosas diferentes. El hambre es la necesidad física y real de comer. El apetito es el deseo por comer. Lo ideal sería que el hambre y el apetito estuvieran conectados, que cuando tengamos la necesidad de comer también queramos comer.

Sin embargo, lo que ocurre en muchas ocasiones es que queremos comer (el deseo por comer, por antojo de algún alimento concreto), pero en verdad no tenemos la necesidad física de comer. El hambre emocional activa el apetito (deseo por comer, pero no la necesidad física por hacerlo) para poder saciar el circuito de recompensa que se ha visto afectado por la emoción negativa en cuestión (tristeza, aburrimiento, ansiedad…).

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En estos casos, la comida sería nuestro objeto para autorregularnos y regular nuestras emociones positivas (a veces nos premiamos por haber hecho algo bien a través de la comida) y las negativas (para encontrarnos mejor en ese momento de tristeza o de soledad). Las consecuencia de autorregularnos a través de la comida son el aumento de peso, la obesidad, los problemas de salud, y obviamente no tener una relación sana con la propia comida.

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Los antojos

Los antojos son la consecuencia de las jugarretas del cerebro y se producen como una respuesta ante la ansiedad. El cerebro nos obliga a buscar dosis de azúcar o grasas de forma rápida para saciar el estrés que está teniendo lugar en ese momento. El cerebro busca energía de forma rápida (normalmente a través de azúcar o grasas) y busca una mayor estimulación a través de la comida (normalmente a través de los sabores salados). Los azúcares y las grasas se relacionan con los circuitos de recompensa del cerebro y por eso suelen ser la comida de elección en momentos en los que la persona se está enfrentando emociones negativas (ansiedad, tristeza…).

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Se ha demostrado a través de diversas investigaciones que las personas, que comieron de forma saludable durante 6 meses, después tenían una respuesta menos intensa a la comida basura, y presentaban un mayor deseo por la comida saludable.

Se realizó otro estudio sobre los antojos, en el que se exponía a los participantes a olores de comida rápida, que la gente suele elegir como antojo, como las galletas o la pizza. El estudio demostró que los participantes a los cuales se les exponía 30 segundos a estos olores de comida con grasas o azúcares tenían más probabilidades de elegir luego esa comida. Sin embargo, a los que se les expuso más de 2 minutos a este olor, eligieron más la comida saludable (fresas, manzanas…).

¿Qué podemos hacer ante el hambre emocional?

Cada vez que vayamos a la nevera a picotear o comer algo, podemos hacernos esta pregunta: ¿es hambre real (necesidad física y real de comer) o es hambre emocional (deseo emocional de reducir la emoción negativa sin una necesidad física real)?. Un pequeño truco para poder identificar si es hambre real o emocional, es imaginarnos que si nos pusieran una ensalada o un plato de verduras (o cualquier otra comida saludable) nos lo comeríamos. Si no nos comeríamos ese alimento saludable, no tendríamos hambre real, si no hambre emocional, seguramente nos apetecería un alimento concreto, generalmente grasas o azúcares, como el chocolate, bollo, pizza, helado, bocadillo, pasta, hamburguesa…

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Haciéndonos esta pregunta, identificaremos cada vez más fácil y más rápido estas situaciones para ser más conscientes de lo que comemos en cada momento y por qué lo hacemos. En ese momento haremos consciente nuestro impulso por comer y podremos regularlo de otra manera, reduciendo así la emoción negativa de otra manera que no sea a través de la comida. Podemos realizar en esos momentos técnicas de relajación, actividades relajantes, actividades placenteras… que nos ayuden a regular esas emociones negativas. Si crees que necesitan ayuda en este proceso de regulación emocional no dudes en pedir ayuda a un psicólogo sanitario.